El gran edificio blanco brillaba,
parecía más grande de lo habitual,
en
algún sentido más bello, melancólico y bello.
El sol era intenso,
lo suficiente
como para opacar las ideas sin sentido en su mente,
tan cálido como para crear
un invernadero debajo de su blusa e incubar nuevos deseos.
Era un momento para
dejar evaporar las toxinas,
un momento para que el líquido salado sobre su piel
tomara su propio camino y enfriara sus antiguos anhelos.
El calor del sol y el
blanco de las figuras de mármol susurraban,
el viento casi inmóvil hablaba en
voz baja
y todos ellos le empujaban a soñar de nuevo,
le murmuraban tenues
cancioncillas de felicidad y breves relatos de soledad.
Era como si pequeñas
burbujas de sol penetraran cada poro de sus piernas y todas ellas se dirigieran
a sus pies -justo como cuando el arena quema y debes correr-
entonces nada
tenía sentido,
pero debía correr y quemarse para abrazar la sombra de lo
incierto.
El día era bello y la banca caliente,
pero todo fue paz y nada
importaba,
solo era ella y las nubes que avanzaban.
D
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