lunes, 22 de mayo de 2017

Ese día


El gran edificio blanco brillaba,
parecía más grande de lo habitual, 
en algún sentido más bello, melancólico y bello.

El sol era intenso, 
lo suficiente como para opacar las ideas sin sentido en su mente, 
tan cálido como para crear un invernadero debajo de su blusa e incubar nuevos deseos. 
Era un momento para dejar evaporar las toxinas, 
un momento para que el líquido salado sobre su piel tomara su propio camino y enfriara sus antiguos anhelos. 

El calor del sol y el blanco de las figuras de mármol susurraban, 
el viento casi inmóvil hablaba en voz baja 
y todos ellos le empujaban a soñar de nuevo,
le murmuraban tenues cancioncillas de felicidad y breves relatos de soledad. 

Era como si pequeñas burbujas de sol penetraran cada poro de sus piernas y todas ellas se dirigieran a sus pies -justo como cuando el arena quema y debes correr- 
entonces nada tenía sentido, 
pero debía correr y quemarse para abrazar la sombra de lo incierto. 

El día era bello y la banca caliente,
pero todo fue paz y nada importaba,
solo era ella y las nubes que avanzaban.


D

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