domingo, 25 de junio de 2017

Así era


Le conocí una tarde brillante, no tenía nada peculiar salvo la forma sigilosa en la que hablaba.
Era alto, delgado, cabello castaño, lucia desalineado y un tanto despeinado.
Su voz era suave, su mirada apagada y su sonrisa sincera.

Lo miré un rato y no pude decidir cuál era su encanto.
La belleza no se hallaba en sus rasgos,
más bien, era una mezcla en su piel, un murmullo en su aliento.
Tal vez fue su voz o la naturalidad de su abrazo.
Quizá fue su sonrisa o su forma disimulada de llamar la atención,
quizá el interés pausado por saber más sobre mí.
No lo supe entonces y no lo sabría al avanzar los días.

Me envolvía la tenue sensación de su cuerpo,
la calidez de sus labios que apaciguaban,
era su constante tranquilidad la que me dominaba.
No obstante continúe en el camino que estaba frente a mí.

No había razón para alejarme, pero tampoco para seguirle.
No había un camino para seguir ni una idea que cultivar.
Caminé y no hubo un sendero que compartir.

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