Le conocí una tarde brillante, no tenía nada
peculiar salvo la forma sigilosa en la que hablaba.
Era alto, delgado, cabello castaño, lucia
desalineado y un tanto despeinado.
Su voz era suave, su mirada apagada y su sonrisa
sincera.
Lo miré un rato y no pude decidir cuál era su
encanto.
La belleza no se hallaba en sus rasgos,
más bien, era una mezcla en su piel, un murmullo
en su aliento.
Tal vez fue su voz o la naturalidad de su abrazo.
Quizá fue su sonrisa o su forma disimulada de
llamar la atención,
quizá el interés pausado por saber más sobre mí.
No lo supe entonces y no lo sabría al avanzar los
días.
Me envolvía la tenue sensación de su cuerpo,
la calidez de sus labios que apaciguaban,
era su constante tranquilidad la que me dominaba.
No obstante continúe en el camino que estaba
frente a mí.
No había razón para alejarme, pero tampoco para
seguirle.
No había un camino para seguir ni una idea que
cultivar.
Caminé y no hubo un sendero que compartir.
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