Te he mirado a fondo, toqué tu alma y abrace tus miedos.
Te conocí, imaginé tu sinceridad y era verdadera, trascendente.
Pero no.
Tal vez te mientes a tí mismo,
tal vez no puedes mirarte y aceptarlo.
Dentro de tu alma llena de amor, eres cruel y lo sabes.
Entiendes el mundo y el alcance de tus acciones, pero lo evades,
disfrutas amar solo cuando están en tus manos.
Es como si desearas tener una mascota,
una que viviera en tu mano y no brillara.
Entregas tanta calidez y emites tanta belleza que olvidas lo que quieres: tener una mascota. Una que amar y cuidar, un pequeño cachorro que se conforma.
Que te mira y es feliz, pero en realidad no elige, no ama.
Eres una pera muy dulce, una fruta que nutre, bella y no tan común.
Tu voz es como el viento frío de la mañana, suave, freco, sereno,
lleva consigo calma y tintes del bosque, el olor de la tierra y el conocimiento de los árboles.
Yo te miraba, a tí, que flota por debajo de tu decidida crueldad.
Pude amarte,
mire por largo tiempo tu franqueza, disfrute de tu belleza.
Absorbí tu amor, tomé tus cuidados, llené algunos huecos y pude haberte amado.
Tomé en mis brazos tus debilidades y te alimentaste de mis deseos.
Un día conociste mi fuerza y la comiste para ti, decidiste ser tu.
Resolviste comprar sin pagar, beber sin cuidado y ser tu.
Pero te mientes, me mientes.
Eres tan solo una fruta,
una que e se alimenta y se marchita sin llegar al suelo.
Una fruta dulce que no da semillas y se acaba sin llegar a serlo.
Diana Flores
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